No pretendo que este artículo tenga un nivel intelectual alto, ni siquiera medio. Simplemente, quiero expresar un par de opiniones personales.
Hace unos días leíamos en la prensa una noticia espeluznante, sobre una mujer de Noia-A Coruña, que había matado a su hijo. Mónica Juanatey era una mujer bastante guapa, que vivía en las Islas Baleares, y tenía un hijo que vivía con sus parientes en Noia (creo que eran los abuelos). Mónica se desplazó desde Mallorca hasta Noia, recogió a su hijo y se lo llevó a Mallorca. Al llegar a la ciudad balear, mató a su hijo y lo metió en una maleta. En la actualidad está en la cárcel.
Unos días antes, un hombre joven mató con un hacha a su tía, con la que convivía en una aldea gallega. Y podríamos citar muchos ejemplos más en este sentido. Son crímenes absurdos, que nos hacen recordar a una novela de Albert Camus, “El extranjero”. Volveré a leer la famosa novela de Albert Camus, pero esta vez intentaré analizarla más detenidamente. No creo que el existencialismo, o la filosofía del absurdo, se puedan despachar fácilmente con un par de horas de lectura.
Este tipo de asesinatos absurdos se suelen explicar casi siempre desde posturas psicológicas. ¿Mónica Juanatey?: una desequilibrada. Por supuesto, pero nadie explica por qué en los tiempos que corren hay tanta gente desequilibrada. En todas las épocas de la historia de Galicia ha habido asesinatos absurdos e irracionales; lo que ocurre es que ahora son mucho más abundantes. El lector convendrá conmigo en que algo malo ha ocurrido en las últimas décadas para que , unos más y otros menos, todos nos hayamos convertido en una pandilla de neuróticos, agitados por una serie de pulsaciones internas que nos impulsan a actuar de forma irracional. Y si hay alguna persona que está muy equilibrada emocionalmente, sólo es cuestión de ponerse a esperar, porque al final terminaremos contagiándole nuestra neurosis.
¿ Por qué?. En mi infancia he tenido ocasión de vivir algunas pequeños pequeños períodos de tiempo en casa de mis abuelos, en el mundo rural gallego. Aquí ( y en el resto del mundo pasa tres cuartos de lo mismo) la vida del campesinado no tenía nada que ver con la vida de la gente en las ciudades. Eran personas que vivían de una forma mucho más tranquila, mientras que en las ciudades del capitalismo nos pasamos la vida corriendo. El sociólogo Zygmunt Bauman ha escrito páginas muy acertadas sobre esta cuestión. Vivir en las sociedades modernas – nos explica- es como patinar sobre un lago de hielo cuando el espesor de la capa helada es muy bajo: en esas condiciones, cuando el hielo se va resquebrajando bajo nuestros pies, la supervivencia depende de la velocidad. Corre, muchacho, corre.
Ha habido otras épocas históricas en las que los valores tradicionales del campesinado eran en parte reemplazados por los valores tradicionales de la izquierda urbana. La solidaridad basada en la necesidad, fué sustituida por la solidaridad del internacionalismo proletario marxiano. Después, el muro de Berlín se ha derrumbado, la URSS fué aniquilada, el keynesianismo fué erradicado. El capitalismo se encuentra en un callejón sin salida. Seguimos corriendo, pero ahora ya no sabemos ni de donde venimos ni hacia donde vamos. Pero hay que seguir corriendo. Yo tengo que ser el primero que llegue a la meta; el resto de los seres humanos se han convertido en mis rivales, o sea mis enemigos. Cada vez hay que correr más rápido.
Ahora, las frustraciones individuales ya no se pueden sumar a las frustraciones personales de otros semejantes. Ya no montamos guillotinas para matar a los poderosos. En estos tiempos no puede haber tomas del palacio de invierno. La revolución se ha convertido en un vocablo del pasado.
Pero seguimos estando frustrados. Y el hombre sigue siendo un animal agresivo. Lo que ocurre es que en los tiempos del capitalismo tardío la violencia del ser humano no puede ir dirigida de forma colectiva contra la violencia del Estado. Hay un hilo conductor entre la violencia de género, el asesinato de niños y de ancianos: la violencia ejercida contra el débil.